Texto argumentativo

¿Es importante replantearse la selectividad?

  Por Elisabet Canal

Actualmente la discusión sobre la necesidad o no de una selectividad está presente en los pasillos de los institutos y en las bocas de los estudiantes y sus respectivos profesores, ya que las fechas del gran día nos acechan sigilosamente.

 Ante esta discusión inacabable entre sus partidarios y sus opositores, mi postura es no, no creo que sea necesario replantearse la selectividad.

 Principalmente porque este gran examen sirve para exigir a los alumnos unos conocimientos globales necesarios para formarse como personas y tener unos buenos fundamentos para realizar una carrera.

 Demuestra, pues, si se han asimilado y consolidado los conocimientos esenciales y sirve, también, como filtro para evitar la hinchazón de la media del bachillerato y para controlar el nivel académico real de aquellos que quieran acceder a la universidad.

 Además, la existencia de la selectividad es una forma de generalizar la entrada a las universidades basada únicamente en los conocimientos, es decir, en criterios objetivos que ofrecen las mismas oportunidades a todos a la vez que potencian la igualdad.

 Si la selectividad fuera sustituida por exámenes particulares en cada universidad, esto supondría la creación de pruebas de distintos niveles y de más o menos rigor. Este hecho supondría una forma de institucionalizar las universidades de primera y de segunda.

  No obstante, para aquellos que piensen que gracias a pruebas particulares se podrían evaluar otros aspectos del aspirante como sus aptitudes, objetivos, personalidad, etc., tendrían que saber que las aptitudes previas al iniciar una carrera no son demasiado importantes sino que las que son realmente fundamentales son aquellas que se van consolidando a lo largo de los estudios universitarios.

 Además, para evaluar aptitudes, experiencia previa, personalidad, etc. se seguirían, evidentemente, criterios totalmente subjetivos e interesados ya que las universidades escogerían a las personas en función del prototipo de estudiante que les interesase.

  Hay quienes dirán también que el examen de selectividad es poco especializado y no enfocado hacia la carrera. Ante esto, debemos tener claro que el bachillerato es un ciclo preparatorio a la universidad que establece fundamentos básicos y globales, aunque no menos importantes, para poder llegar a la carrera y especializarse.

 Concluyendo, la selectividad, a pesar de sus defectos, es necesaria y es la mejor opción que tenemos, por ahora,  para evaluar de manera general, igualitaria y objetiva los conocimientos de los estudiantes de bachillerato y acreditar  si pueden acceder o no a la universidad.

 LA SELECTIVIDAD A DEBATE

Por Maria Sancho

 Allá por la segunda semana de junio los ya bachilleres son amenazados por las Pruebas de Acceso a la Universidad (PAAU), más conocidas como Selectividad. La nota de acceso a la universidad se define mediante una media aritmética ponderada en la cual el bachillerato cuenta un sesenta por ciento de la nota y la selectividad el cuarenta por ciento restante. Por lo tanto, cabe tener muy en cuenta la nota de dicho examen al prepararse para ingresar en la universidad.

  Uno de los puntos a favor que esgrimen sus defensores es que sirve para tamizar las diferencias en las notas de Bachillerato debidas a la gran variedad de criterios existentes en los institutos. Cabe darles la razón en esto, pero es necesario que las pautas de corrección sean de lo más precisas con la intención de no repetir el error en los correctores de las pruebas, ya que si bien están menos condicionados que los profesores, pueden tener criterios aún dispares, especialmente, aunque no exclusivamente, en las asignaturas de letras.

  Otro punto a tener en cuenta es su gran eficiencia: permite examinar a más veinte mil estudiantes en tres mañanas. En cambio, un sistema como podría ser la entrevista personal, incluso suponiendo que durara solo un cuarto de hora, requeriría una cantidad de tiempo, personal y presupuesto mucho mayor. Otro sistema que se ha planteó hace años cuando se intentaron reformar las leyes sobre la educación fue la realización de exámenes de acceso propios de cada facultad y para cada carrera. Esto plantea también problemas logísticos serios, ya que requiere mucho personal, espacio y tiempo disponible así como el inconveniente de tener que realizar varios exámenes para las personas que dudan qué carrera escoger. Incluso para los que ya han escogido su opción, con la selectividad pueden aún inscribirse en otras carreras si el resultado no es suficiente para ser admitidos en los estudios deseados, lo que resultaría mucho más complejo de regular con el otro sistema.

  Por lo tanto, es fácil llegar a la conclusión de que a pesar de ciertos inconvenientes, la selectividad es un sistema relativamente bueno de evaluación. Pero hay otra cuestión a tratar en este aspecto: el modelo de los exámenes. El temario de éstos es parte del currículum de Bachillerato. Concretamente, los alumnos se examinan de siete asignaturas. Cinco son obligatorias como comunes o por ser las específicas de la via que han escogido. Entre las otras dos tienen la materia de modalidad no obligatoria que más gusten y finalmente una prueba en que los estudiantes deben escoger entre filosofía e historia. Esto es especialmente extraño en el caso de los examinados por las vías de ciencias y tecnología, ya que mayoritariamente se les exigen unos contenidos que tienen muy poco que ver con los temas que tratarán en la carrera, cuyo acceso es precisamente el objetivo de la selectividad. Por ejemplo, cojamos un alumno que haya cursado la modalidad de Ciencias de la naturaleza y la salud y que quiere acceder a la carrera de Medicina. Se examina de biología, química y matemáticas, lo que resulta lógico puesto que se trata de asignaturas que cursaría en la carrera si consiguiera entrar. Pero además debe examinarse de las tres lenguas y de, supongamos, historia. Si bien es necesario que sepa expresarse con corrección y claridad y que conozca los factores históricos que han conformado el Estado en el que vive a lo largo del tiempo, no es lógico que estos conocimientos prevalezcan en cantidad de exámenes a aquellos sobre los que pretende fundamentar su futuro académico y probablemente laboral a largo plazo.

  Otro factor que deriva de la realización de las PAAU es su influencia injustificada en el actual tratamiento de las diferentes materias en el Bachillerato. Lo que podríamos denominar como “efecto sele” es un síndrome que provoca un pánico hasta cierto punto comprensible en los estudiantes, pero que altera los métodos de enseñanza de sus profesores de una manera excesiva. Planteando un bachillerato de calidad, ningún alumno que lo superara tendría problema alguno con la selectividad. Pero ciertos docentes enfocan el segundo como un curso de “preparación de PAAU” y pasan a ser simples transmisores de aquello que es correcto según las pautas, lo que no contribuye en ningún caso a diezmar el histerismo que acecha a sus alumnos.

  Éste último es precisamente el gran argumento en contra de la selectividad. No se trata de una nimiedad, ya que enfoca el bachillerato hacia la superación de un examen en lugar de formar al alumno en las materias que ha escogido. “No hacemos experimentos en el laboratorio porque no acabaremos el temario para la sele”, “esta parte no está mal pero no la damos porque no entra en la sele”. Son frases conocidas por todos los alumnos y que resultan frustrantes. Incluso llega uno a plantearse si le han estafado, pues pensando haberse inscrito en un centro para aprender, se encuentra que sólo le enseñan a responder un modelo prefijado de preguntas sobre el tema que unas comisiones de expertos totalmente ajenos a él han escogido.

 Parafraseando la conocida expresión que reza “la democracia es el peor sistema político, con la excepción de todo el resto”, podría decirse que la Selectividad es el peor modo de evaluar a los futuribles universitarios, pero que las alternativas tampoco son buenas. Eso sí, debe tenerse en cuenta la misma como unos exámenes más, no como la férrea regla de aquello que debe enseñarse y aquello que debe ignorarse.

Selectividad sí, selectividad no

 Por Martí Alzaga

 Un tema polémico y que está en boca de todos hoy en día es la eficacia del actual método de selección de estudiantes que quieren ir a la universidad denominado selectividad, pero ¿porqué la selectividad resulta tan polémica?

 La selectividad es ese examen que todo alumno que acaba el bachillerato debe aprobar si quiere entrar en la universidad. Su función es seleccionar a los alumnos dependiendo de si tienen o no el nivel necesario para acceder a los estudios de grado superior y clasificarlos por notas.

 Encontramos dos tipos de personas con opiniones distintas respecto al tema de la selectividad: los que están a favor y los que están en contra. Yo soy de los que están completamente a favor.

 La selectividad, al ser igual para toda Cataluña (tanto para institutos públicos o concertados como para privados), sirve para regular las notas. El caso es que actualmente existe una diferencia en la exigencia de nivel en el bachillerato dependiendo del instituto donde los alumnos lo cursen. Así pues, si no existiera la selectividad, los alumnos con un nivel intelectual más bajo entrarían en carreras más complejas, mientras que los alumnos con un nivel más alto pero que van a institutos más exigentes se quedarían con carreras más sencillas. Es más, me atrevo a sugerir que tanto el bachillerato como la selectividad deberían valer un cincuenta por ciento de la nota para la universidad cada uno, entonces el balance sería más justo (actualmente la selectividad solo tiene un valor del 40%). Los alumnos menos preparados tendrían notas más bajas en las PAAU mientras que los que se merecen poder entrar en la carrera que quieran podrían hacerlo ya que sacarían notas más altas.

 La gente que está en contra de la selectividad basa sus críticas en que las PAAU bajan las notas del bachillerato a todos los alumnos en general, y tienen razón, pero como hemos dicho antes, las bajan más a los alumnos menos preparados.

 También se dice que producen mucho estrés e inclusive crisis de ansiedad debido a los nervios. Es cierto, pero la realidad es que los estudiantes se encontrarán con este estrés en un futuro, pues la vida es una serie de problemas que se deben resolver y no está de más haberse sometido a una situación parecida antes y haber superado el reto. A la vista está que los alumnos suelen superarlo ya que las estadísticas dicen que un 87,73% de los alumnos de 2007 que se presentaron a las PAAU las aprobaron.

 Otro caso a analizar es el de los alumnos que repiten con materias sueltas. Se quejan de que les resulta más difícil aprobar la selectividad porque olvidan los conceptos de las asignaturas aprobadas, por esa razón les resultaría más cómodo que no hubiera selectividad. Esto es un problema real ya que si vemos los estudiantes aprobados en septiembre de 2007, solo aprueban un 57,37%, la diferencia de aprobados de junio a septiembre es del 30,36% y solo han pasado tres meses, así pues si pasara un año las consecuencias serían catastróficas. Pero estos alumnos si quieren pueden repetir el curso, ir a clases aunque no se les evalúe, ir a escuelas de preparación o simplemente hacer un modulo de grado superior.

 Me gustaría hacer hincapié en uno de los argumentos en contra de la selectividad: algunas de las asignaturas que deben prepararse si quieren aprobar la sele no las volverán a cursar nunca más y menos en la carrera. Podría contrarrestar este argumento diciendo que la gente debe tener un mínimo de cultura general, pero sinceramente, hay contraargumentos más potentes. Sí que es verdad que tener que repetir por culpa de una materia que no es propia de su bachillerato resulta frustrante, pero antes de saber hablar inglés, de saber derivar o de estudiar las fuerzas que mueven el mundo, debemos tener una mentalidad critica, mentalidad que ha servido a la humanidad para evolucionar en su forma de pensar y por tanto de actuar. Filosofía e historia nos brindan esa posibilidad, nos enseñan a pensar, cosa básica para poder aprender el resto de conceptos. Además estas asignaturas más amenas ayudan a subir las notas. Basémonos en datos reales: en 2007 la nota media de selectividad de historia era de 5,67 y la de filosofía de 5,74 mientras que la de matemáticas era de 4,72 y la de química de 4,86; en el caso hipotético (un alumno no puede examinarse de filosofía e historia, pero pongamos que sí) de que las notas de un alumno coincidieran con las de la media en Cataluña: este alumno aprobaría con un 5,2 (si solo tenemos en cuenta estas cuatro asignaturas), es decir, gracias a filosofía y historia aprobaría la selectividad. Pero el problema que se nos plantea realmente con esta crítica a las PAAU es mucho mayor, ya que no es una critica sólo a la selectividad sino al bachillerato en general.

 Plantearse un cambio en el sistema de bachilleratos supondría hablar de un cambio de todo: asignaturas, exámenes, temario… Por ejemplo, en 2001 ya se hablaba de una supresión de la selectividad en el borrador del Anteproyecto de Ley Orgánica de Universidades donde el entonces ministro de Educación, Cultura y Deporte formulaba la propuesta de que los procedimientos de acceso dependieran de las Universidades. Esa medida habría resultado negativa ya que los alumnos con una mala base en la temática de su carrera (por culpa de un mal año o de un mal profesor) verían sus sueños frustrados ya que cada universidad realizaría unas pruebas muy específicas, que incluso exigirían una especialización previa del bachillerato.

 En conclusión, una vez tratado el tema debemos reformular la tesis inicial: con el actual sistema de bachilleratos la selectividad resulta totalmente imprescindible, si la elimináramos el sistema perdería su sentido de ser, pues la palabra bachillerato  y la palabra selectividad no se pueden separar.

 

 

 

SELECTIVIDAD: ¿ELIMINARLA, MODIFICARLA O NO HACERLE NADA?

El texto argumentativo: La Selectividad, entre la aceptación y el rechazo

Por Josep M. Jover

La Selectividad, una vez pronunciada esta palabra, el estudiante y, sobre todo, el colectivo de primero y segundo de Bachillerato se deja llevar por el pánico y no es de extrañar que algunos huyan despavoridos. En efecto, la Selectividad realiza un papel importantísimo en su carrera universitaria y por lo tanto, también en su carrera profesional, es decir, en cómo se ganaran la vida en el futuro. De hecho, la palabra Selectividad deriva del término selección, aunque su función queda  completamente ridiculizada ya que el 97% de los estudiantes españoles, según datos oficiales, consigue aprobar dicha prueba. Así pues, es necesario preguntarse si es realmente indispensable y si resulta el 100% eficaz en su función y, como demostraré a lo largo del escrito, este examen de ámbito nacional no hace nada más que empeorar el ya discutible sistema educativo español.

 Para empezar, la función de la Selectividad es la de seleccionar a los mejores estudiantes, es decir, garantiza el conseguir una plaza dentro de una Universidad pública. Atendiendo a su definición, ésta podría parecer infalible, pero la realidad no hace más que desmentir su eficacia. Desde un principio, se debería cuestionar el sistema educativo actual, el cual relaciona el buen estudiante con el que obtiene las mejores notas. Según mi opinión, este planteamiento resulta absurdo, no todos los humanos tienen la misma capacidad para memorizar o estudiar, y así, se debería reformar el sistema educativo al completo antes de modificar o eliminar la Selectividad. Dicho esto, esta prueba posee errores en sí misma que no dependen del sistema, sino que han ido apareciendo a lo largo de su existencia. Por ejemplo, los correctores de dichas pruebas son personas que no han establecido ningún tipo de vínculo con el estudiante, no conocen nada de él, de su forma de expresarse, del trabajo que ha realizado, en  otras palabras, el examinado sólo es un simple número ante los ojos de unos individuos desconocidos. ¿A usted lector no le parece injusta esta situación? ¿No cree que va en contra de los propios valores humanos? ¿No es inadmisible que un ser humano y su trabajo queden reducidos a un simple número? Amigo mío, todo esto es sólo una porción de la injusticia e inutilidad de la Selectividad.

 Muchos ahora dirían que mis argumentos no están contrastados y parten de ideas demasiado partidistas y, por un momento, me dispongo a tomar la misma postura que los defensores de la Selectividad. Como tal, diría que es únicamente el 40% de la nota de corte y que ésta se caracteriza por la igualdad e indiscriminación. En efecto, estos defensores consiguen tergiversar la realidad e idealizan el hecho de convertir a los estudiantes en un simple número. Ante esto, y retomando mi posición, es verdad que los números son todos iguales, pero a veces se olvida lo que hay detrás de estos. En consecuencia, esta igualdad resulta demasiado radical y no tiene en cuenta ciertos aspectos fundamentales como el trabajo que ha realizado el alumno, los nervios, su estado emocional…

 Además, la prueba de Selectividad recuerda a una partida de póquer, si se me permite la comparación; todo se juega a una única mano. En tan sólo unos pocos días, el estudiante debe examinarse de muchos controles, estudiar distintas asignaturas, enfrentarse a sus propios nervios, a los correctores, etc. Por consiguiente, este cúmulo de situaciones puede perjudicar al mejor de los estudiantes y resulta una injusticia atribuir la nota de los mismos a la suerte de distintos factores, como si de una partida de cartas se tratase. En este momento, quiero que usted piense seriamente si con todos los argumentos nombrados la Selectividad le parece muy útil. Sea afirmativa o negativa la respuesta, se puede añadir un defecto más a esta prueba que ante cualquier ojo resultará innegable. Durante todos los cursos que componen el Bachillerato, los alumnos son examinados de muchas asignaturas y el segundo de bachiller, en muchos casos, está expresamente dedicado a la preparación para resolver a la perfección el examen de Selectividad. En efecto, los estudiantes aprobados ya han sido evaluados en todos los aspectos y además, se supone que tienen el nivel suficiente para resolver el examen de ámbito nacional sin problemas. Así pues, la Selectividad es un examen que se realiza una vez ya ha sido probada la capacidad del estudiante para poder realizar los estudios universitarios, en definitiva, una total pérdida de tiempo.

 Retomando una vez más una posición contraria a mi forma de pensar, ciertas personas consideran la Selectividad como el único método para obtener una nota de corte precisa que indique la calidad de los conceptos aprendidos por el estudiante. Para mantener esta opinión, muchas veces argumentan que lo más justo es una prueba de ámbito nacional con el fin de suprimir el control singular que podrían ejercer las Universidades sobre los estudiantes si no existiera y si no fuera regulada por el gobierno. De esta manera, dichas Universidades podrían poner sus propias condiciones de entrada (de hecho, hay Universidades que ya lo hacen tal como la Escuela Superior de Administración y Dirección de Empresas, conocida como E.S.A.D.E), lo que significaría la existencia de muchas Universidades con incontables métodos de selección diferentes en cada carrera. Una vez más, los defensores falsean la realidad y se basan en argumentos demasiado fatalistas. Sí que es verdad que esta situación podría causar cierto caos, pero niéguele usted al gobierno la dificultad que presenta el mantener y reconocer todas las nacionalidades y sus respectivas comunidades autónomas, y no por este hecho, esta situación política debería ser suprimida.

 Como escritor mi función ha concluido; no obstante, debido a mi implicación con el mundo del estudiante, pues formo parte de este colectivo, propondré un sustituto a la Selectividad; como se dice, es muy fácil sólo criticar y  no quiero caer ante esta tentación. Así, la solución más factible sería la abolición completa de la Selectividad, con lo cual, la nota de corte se obtendría solamente con la media realizada entre los dos cursos de Bachillerato. Sin embargo, las Universidades podrían realizar algunas pruebas específicas si la demanda fuera excesiva, debido al “numerus clausus” y también sería interesante establecer un tipo de preferencia según el Instituto donde se hubiera cursado los estudios (por experiencia personal, existe una diferencia clara entre la calidad de las enseñanzas de cada Instituto y por lo tanto, no es justo considerar las notas de todos los estudiantes como iguales ya que verdaderamente no lo son). 

 

En conclusión, aunque sea un detractor de la Selectividad, ésta no debería ser eliminada de inmediato, sino que este hecho debería ir acompañado de una reformulación del sistema educativo. Éste no debería centrarse exclusivamente en los exámenes, por el contrario, la aptitud del estudiante, su capacidad para adecuarse al trabajo, su competencia para hablar en público, la calidad de su relación con los demás y, en definitiva, todas las cosas realmente útiles dentro de su futura inserción en el mundo laboral deberían prevalecer como las piezas fundamentales del sistema; sólo así conseguiríamos una educación justa.

 

 Por Joan Barbena

 Selectividad. Ésta es la palabra que, desde hace tiempo, genera un debate que parece estar destinado a averiguar si el tipo de pruebas objeto de aquella son o no el procedimiento más adecuado que se debe seguir para seleccionar a los estudiantes que pueden acceder a la universidad.

 Uno de los argumentos más férreos que hay a favor de la selectividad es que trata a todos los bachilleres de una misma comunidad autónoma con las mismas condiciones de examen. Pero, ¿es eso cierto?

 Desde el momento en que en cada instituto hay un nivel de exigencia diferente y una mayor o menor intensidad de las explicaciones de los profesores, se puede decir que la afirmación descrita con anterioridad es falsa pues, por ejemplo, si se hace un examen de biología que contiene el famoso ciclo de la glucólisis, no tendrán las mismas oportunidades de obtener una nota decente en la selectividad un estudiante que por dejarse un elemento de este ciclo en un examen le bajan un punto y medio la nota, que uno que sólo por escribir un veinte por ciento de los nombres a estudiar ya está aprobado.

 Cuando comprobamos esto, muchos cambian de opinión y pasan de decir que la selectividad tiene algún problema a que es el bachillerato el que lo tiene.

 La verdad es que la diferencia de nivel que hay entre institutos es una realidad un poco preocupante.

 Para solucionar esto se tendría que “poner en marcha” algún dispositivo desde el ministerio de educación del gobierno central o desde cada uno de los gobiernos autonómicos, como, por ejemplo, llevar un control regular del temario que se da en cada instituto y de la uniformidad en los mismos en cuanto a la exigencia en los exámenes y, si se encontrase algún error, corregirlo.

 Ahora mismo, usted, querido lector, estará pensando que no estoy bien de la cabeza o, lo que sería más normal, que la organización del gobierno de este país es pésima. Pues siento defraudarle, porque la solución al problema que nos planteamos no es tan sencilla.

 Hay quien habla sobre hacer los bachilleratos más especializados en ciencias, nuevas tecnologías o letras, como si fueran una especie de lo que ahora llamamos “módulos”, y, de esta manera, suprimir la selectividad, ya que estos cursos permitirían la directa entrada en cualquiera de las carreras relacionadas con el curso de preparación seguido por el alumno.

 Pero entonces llega el turno de los más, por decirlo de alguna manera, sentimentales, que no paran de repetir: << ¡Pero no puedes obligar a un niño de dieciséis años a escoger su futuro! ¡Muchos ni siquiera saben que quieren ser cuando sean mayores! >>. A esta gente yo les respondo: ¿Acaso no hay muchos jóvenes de esa misma edad que, en vez de estudiar bachillerato, deciden estudiar un módulo de grado medio para especializarse lo antes posible en esa materia que más les gusta? Y si aún tienen algo que reprocharme, déjenme que les pregunte: ¿No sabe, un estudiante de dieciséis años, cuáles son esas asignaturas que se le dan mejor o aquellas que más le gustan?

 Aunque mucha gente no pueda llegar a entenderlo, ya sea como un acto de protección o porque no tiene muchas luces, un joven de esa edad tiene suficiente criterio como para escoger, ya en esa etapa de su vida, en qué campo quiere especializarse.

 Para finalizar con mi escrito siento decirle, estimado lector, que este tema de la selectividad es más complejo de lo que se piensa y que ninguna de las soluciones o modificaciones que se puedan proponer es fácil, ya que se deben tener muchos factores en cuenta y, si no se vigila, cada nueva propuesta puede llevarnos a un pero.

 

 

 EL GRAN DILEMA 

Por Zoila Quesada

Selectividad es un examen  necesario para aquellos alumnos que quieren ir a la universidad. Esta prueba consiste en examinarse de las materias que se han hecho, pero, principalmente, de lo que se ha aprendido en el bachillerato.

Hoy en día, a los 16 años (al salir de cuarto de E.S.O) aquellos alumnos que quieran seguir estudiando tienen que elegir hacia qué bachillerato desean ir, es decir, tienen que saber, mínimamente, lo que van a estudiar en un futuro. El bachillerato destaca por su amplia ramificación; existe el artístico, el científico, el tecnológico, el social y, por último, el humanístico. Cada uno con sus asignaturas propias y, por supuesto, las materias comunes. Una de las mejores cosas de hacer bachillerato es la preparación que reciben los estudiantes para, más tarde, ir a la universidad y, también, para pasar los temidos, por la mayoría de alumnos, exámenes de las PAAU (pruebas de acceso a la universidad). Pero, ¿por qué los temen los alumnos? Es verdad que son tres días de duro esfuerzo para ellos, pero nunca se ha dicho que la vida del estudiante fuera fácil. Si toda la vida se han hecho exámenes, la Selectividad es una prueba más. Y con una importantísima cualidad (de la que no disponen el resto de exámenes que se han hecho durante los cursos), la persona que hace las PAAU tiene que examinarse de las materias comunes y las obligatorias, pero dispone de la última palabra para decidir entre las de modalidad y entre Filosofía e Historia, es decir, que le dan una oportunidad para poder subir la nota de la Selectividad.

Otra de las virtudes de ésta es que trata a todos por igual, por lo tanto no hay ni preferencias ni discriminaciones; exámenes iguales para todo el alumnado, por lo que se puede afirmar que solo depende de lo mucho, o poco, que se haya estudiado. Aun así, si el examen va mal por cualquier cosa: por nervios, por falta de concentración, por motivos personales, entre otras cosas, los exámenes cuya nota es 4 se puntúan y, por si fuera poco, dan una oportunidad a los alumnos que quieran subir la nota en septiembre.

Si se evalúa desde otro punto de vista, se puede afirmar que la Selectividad (que hace 30 años que está en vigor) da a los alumnos una mejor preparación y experiencia en cuanto a la universidad y, también, les da maduración.

Enfrentarse  a una prueba así, es decir, a una prueba en la que la nota lo es todo y en la que se juegan ir a una universidad o a otra, o hacer la carrera que les gusta o no hacerla, es difícil mentalmente, pero si se ha aprobado el bachillerato, ¿Por qué temer al examen de Selectividad?

  

MI MADRE: LA CAUSA DE MI CONVENCIMIENTO

Por Zoila Quesada y Mª Dolors Pons

Después de razonar los “pros” y los “contra” de la selectividad, mi respuesta sobre ella cambió por completo. De pensar que era una prueba que facilitaba el acceso a los estudiantes en su entrada a la universidad y que proporcionaba igualdad a todos los alumnos que llegaban a ella, me he dado cuenta de que es un obstáculo muy difícil para los estudiantes que, aunque siempre hayan tenido buenos resultados en sus notas, a causa de nervios, estrés u otros motivos personales pueden bajar el rendimiento de sus calificaciones, viéndose modificada la nota media y jugándose entrar o no en la carrera que se desea o en la universidad que se quería.

Es verdad que no todos los estudiantes sirven para ejercer, en un futuro, una carrera, pero también es cierto que deberían tener más ocasiones para hacer realmente lo que quieran.

La selectividad, como bien dice la palabra, selecciona; y no es justo que después de estar dos años con los libros pegados y privándolos de muchas cosas, llegue el gran mes del estudiante: Junio. Y, ¿para qué? Al fin y al cabo si no se consigue suficiente nota, porque es muy alta, se tienen que dedicar a lo que puedan y no a lo que quieran. En esta prueba no cuenta el esfuerzo realizado durante tantos años estudiando, no cuenta la ilusión que se tenga, no cuenta si se es bueno o malo para ese trabajo, para ese estudio; lo único que cuenta es la nota, un número, solamente, y son miles de alumnos que pierden la oportunidad de ser quien ellos deseaban ser solo por décimas.

Lo único que puedo decir es ¿serán mejores médicos, abogados, maestros, entre otras profesiones, aquellos alumnos que sacan mejor nota pero que no tienen ni idea de lo que quieren ser, que aquellos alumnos que luchan y se esfuerzan por llegar a estudiar aquello que desean y que les ilusiona? Solo digo que podría tenerse en cuenta otras aptitudes, por ejemplo, si se tiene nota suficiente para ejercer de profesora de niños discapacitados, de niños pequeños, entre otros trabajos parecidos, deberían contar también si las personas tienen suficiente carisma para comprenderlos.

He llegado a la conclusión de que realmente la selectividad no es una prueba que favorece a los alumnos que quieren acceder a la universidad, sino que es un obstáculo que impide a los estudiantes hacer lo que verdaderamente les motiva.

 

 La selectividad es una prueba ineficaz

Por Cristina Lara

Las pruebas de selectividad que han de superar los alumnos una vez  finalizado el bachillerato para  acceder a la Universidad  son  ineficaces, improductivas, infructuosas, inadecuadas, inoperantes, superfluas y prolijas ya que se realizan bajo una gran presión y en un  tiempo mínimo.

 Las pruebas de acceso a la universidad no discriminan suficientemente en razón de los estudios concretos a realizar ya que los alumnos se tienen que examinar de asignaturas que posiblemente no volverán a realizar en su futura carrera. Dichas asignaturas pueden bajarle contundentemente la nota media, perjudicando gravemente al alumno que incluso podría perder la plaza en dicha carrera y Universidad.

 De otro modo, a causa de la caída demográfica de las últimas décadas, la prueba de selectividad, que en sus orígenes era una criba de alumnos, ha perdido sentido ya que el 92,9% de los alumnos que la realizan la superan, pero regularmente con notas inferiores a las del bachillerato, perjudicando así a la media total.

 La calidad y el nivel de docencia deberían  ser suficientes para realizar una selección ajustada del alumnado. Y si en alguna carrera universitaria hubiese más demanda que oferta, las universidades afectadas deberían  elaborar, a partir  de la  nota media de los cursos  de bachillerato, un listado encabezado por los alumnos con la mayor nota. A partir  de éste, los alumnos con mayor nota media serian los primeros en ser seleccionados.

 El Sindicato de Estudiantes exige al Ministerio de Educación y Ciencia la eliminación de la Selectividad, a la que califica de “prueba arcaica y antipedagógica, que supone una criba injusta en el acceso a la universidad e impide a muchos estudiantes poder cursar la carrera que deseen”.

 Finalmente, el bachillerato debería  informar y preparar al alumnado de modo que este se encontrase preparado y familiarizado con aquello que se encontrará en la universidad y específicamente en su carrera.  De este modo debería recibir una asesoría  individual y personificada que le ayudaría a comprender todo aquello a lo  que deberá enfrentarse. La universidad por su parte exige al alumnado una experiencia, una personalidad…que en ningún lugar ha recibido, ¿no debería el bachillerato proporcionar esto también?

  LA SELECTIVIDAD

 Por Pol Marfà

Una de las cuestiones con las que se encuentra de nuevo el gobierno después de la tormenta electoral es un viejo problema estatal: la reforma de la educación. Dentro de este amplio campo, se ha especulado mucho con el futuro de la prueba previa al acceso a la universidad. Detractores y defensores de ella llevan a cabo una lucha sin tregua que, de momento, solo ha dejado clara la complejidad del asunto.

 Como futuro afectado, mi opinión no es estrictamente imparcial, cosa que da más fuerza a mis argumentos. Y estos argumentos no son otros que la inexistencia de métodos mejores para la preparación universitaria. La Selectividad ha dejado de ejercer el papel con el que fue concebida, el de seleccionar a los mejores estudiantes para adaptarlos al número de plazas, puesto que la práctica totalidad de los examinados obtienen sitio en alguna facultad, pero esto puede, y debe, cambiar en los próximos años. El nivel de abandono escolar que delató el informe PISA y que el gobierno debe tratar de reducir de forma urgente, en caso de disminuir de forma muy esperada, ocasionaría un mayor número de aspirantes a las plazas universitarias, hecho que volvería a conllevar la competencia por las universidades por la que nació la Selectividad.

 Un argumento que parece pilar básico de los contrarios a la prueba es el que plantea que los estudiantes se juegan el trabajo de dos años a una sola carta. ¿Es que creen que en la vida siempre hay segundas oportunidades? Es evidente que con las entrevistas de trabajo pasa lo mismo y nadie se queja. Eso sí, tengo que admitir que espaciar las pruebas temporalmente un poco más no sería una mala idea ya que la presión a la que los estudiantes están sometidos es desmedida.

  Otro argumento fundamental de los opositores es un poco más personal, ya que llega a calificar de inútiles algunas materias de las que se examinan los bachilleres en la Selectividad. El saber no ocupa lugar como dicen los sabios, y es obvio que una asignatura en la que empleamos un año de nuestra vida y de la que después no realizamos una prueba que pueda certificar nuestros conocimientos sobre ella, sí me parece algo inútil, y nunca sabemos cuándo vamos a necesitar los conocimientos adquiridos. Además, las asignaturas de las que se duda su utilidad suelen ser las que más cultura general del mundo ofrecen, como por ejemplo historia del arte.

 Pero de hecho, los que tienen que responder seguramente son estos detractores, y tienen que responder a la pregunta de ¿Qué sistema es mejor, más objetivo, menos determinativo, más especializado y que no permita prejuicios? Las respuestas que conozco fallan todas en algún punto u otro. Por ejemplo el sistema norteamericano, además de crear universidades de primera, segunda y tercera categorías, no está cerrado a favoritismos que puedan recibir algunos alumnos por parte de un profesorado que no puede ser imparcial. Admito que nuestro sistema tiene fallos pero el replanteamiento global del que parten es inviable y además no mejoraría las cosas.

 Donde sí pueden mejorar las cosas es en la secundaria obligatoria, y dejémonos pues de desviar la atención y dediquemos un esfuerzo a mejorar la E.S.O. y a animar a nuestros jóvenes hermanos, hermanas, hijos o nietos a no dejarse atraer por la llamada del mercado laboral salvaje en el que nos movemos.

  ¿La solución, la Selectividad?

Por Júlia Novellas

La Selectividad es una prueba escrita que se realiza a los estudiantes una vez han finalizado y aprobado segundo de Bachillerato y quieren acceder a estudios superiores universitarios. Esta prueba se realiza durante tres días consecutivos en los que los estudiantes se examinan como mínimo de seis asignaturas de las que han cursado durante el último año de Bachillerato. El resultado de estos exámenes valdrá un cuarenta por ciento de la nota final y el sesenta por ciento restante lo conformará la nota de Bachillerato. La nota obtenida será la que nos indicará a qué carreras podremos o no acceder.

 Sobre estas pruebas de Selectividad se han levantado diversas polémicas orientadas por múltiples puntos de vista.

 Yo, como alumna de segundo de Bachillerato que en unos meses se va a examinar en la prueba de Selectividad, voy a exponer mis motivos por los que estoy en contra de este examen.

 Personalmente pienso que este tema no se ha enfocado de manera coherente, ya que se da demasiada importancia a unos exámenes que lo único que son es una reevaluación de un conjunto de materias, de las cuales los profesores de cada centro han ido examinando y calificando a sus alumnos. ¿Es realmente necesario que los estudiantes tengan que volver a examinarse de algo de lo que ya han sido evaluados? Podría ser útil para que no hubiese diferencia entre los estudiantes de los colegios privados y los institutos públicos, y para que los centros procurasen ofrecer un nivel alto a sus estudiantes, para que pudiesen acceder a la universidad con un buen nivel de conocimientos. Pero el caso es que la Selectividad la aprueba entre un ochenta y nueve y un noventa y dos por ciento de los estudiantes que se presentan. Por lo tanto, realmente es dudoso si hacer estos exámenes implica que el nivel de preparación de Bachillerato sea elevado o simplemente es un examen que casi cualquiera puede aprobar.

 Por otra parte, y esto es lo que suele preocupar más al sector de los estudiantes, es la presión psicológica a la que son sometidos. Ya es suficientemente complicado y estresante tener que decidir una carrera, para que encima, una vez se ha elegido, se tenga la presión de tener que sacar una nota determinada para poder entrar en la carrera deseada. ¿Por qué si durante el curso ya se realizan exámenes trimestrales, al acabar el tercer trimestre se han de volver a hacer exámenes de algo que se acaba de aprobar? Y es que por ejemplo, las asignaturas de lengua y algunas otras son acumulativas. Es decir, que cada trimestre en el examen sale todo lo que se ha hecho anteriormente. Por lo tanto, es innecesario volver a someterse a otro examen acabado el tercer trimestre. Además la presión psicológica en la que se está, por el simple hecho de que aquel examen puede permitir estudiar lo que  uno desea y en un futuro trabajar de aquello que siempre ha querido, puede crear tal cantidad de nervios que un estudiante notable saque una mala nota sólo porque los nervios han podido con él, o simplemente porque ha tenido un mal día, o ha tenido algún imprevisto. Bien sé que eso también pude ocurrir en un examen trimestral, pero no es lo mismo, porque el estudiante en el segundo caso sabe que si un trimestre no le ha ido bien siempre tiene la opción de presentarse a una recuperación o aprobar el siguiente trimestre. Además va con la tranquilidad de que conoce al profesor y cómo hace los exámenes, lo que le gusta que le ponga y lo que no le ha de escribir jamás. Y es que por lo general, la mayoría de alumnos bajan su nota respecto al Bachillerato en los exámenes de la Selectividad.

 Otro aspecto que no me parece bien es que da la sensación de que segundo de Bachillerato sea un curso que sirve exclusivamente para prepararse para la Selectividad. El caso es que los profesores ajustan su temario, su manera de explicar y sus exámenes a lo que se exige en la Selectividad, por lo que da la sensación de que más que asistir a una clase de Bachillerato, los alumnos van a una academia que les prepara para una prueba.

 Sigamos añadiendo más argumentos en contra. Sacar buena nota o no tan buena en la Selectividad depende mucho de la suerte que tenga uno. Puede ser que nos toque un tema que dominamos mucho, que nos interesa y lo tenemos muy por la mano y hacer entonces un buen examen, o simplemente tengamos la mala suerte de no tener ni idea de aquello o no saber demasiado sobre el tema y por culpa de que hemos tenido esa mala suerte, hagamos un examen bastante malo, cuando eso en realidad no quiere decir que sepamos menos, de la materia en general, que el que ha sacado buena nota.

 Por último, añadiré que además de revisar el trabajo que ha realizado el alumno durante todo el Bachillerato, también se está evaluando a los profesores que ha tenido al estudiante. ¿No es cierto que se está considerando que tal vez el alumno se merece una nota diferente a la que le han puesto sus profesores? Por lo tanto se está poniendo en duda el trabajo realizado por todos los profesores de Bachillerato de España. Quizás sea algo que se tenga que reconsiderar.

 Por todos mis argumentos en contra de la Selectividad expuestos anteriormente, considero que la nota que saca el estudiante de los dos cursos de Bachillerato, tendría que ser la que indicase y sirviese para acceder a una universidad u otra. Y si el caso es que la nota final es más alta de lo que en realidad uno se merecía, no pasa nada, porque una vez llegue a la carrera que desea, ya se encargarán en la universidad de aprobarle o suspenderle en función de lo que realmente sabe.

 Sólo quiero añadir una última reflexión. Sorprendentemente es una crítica que va especialmente dirigida a todos aquellos que al igual que yo están en contra de la Selectividad. El hecho de haber decidido que la Selectividad es algo que no nos conviene a los estudiantes, que sólo es un obstáculo más, que es injusta y que es realmente necesario eliminarla, no nos ha llevado demasiado tiempo de reflexión. Fácilmente nos apuntamos a criticarla. Pero ahora bien, ¿hacemos algo para cambiar el sistema?, ¿nos hacemos escuchar los estudiantes? Creo que la mayoría de nosotros no hacemos nada al respecto. Quizás sería necesario que fuésemos algo más activos en estos asuntos que tanto nos interesan. Pero bueno, eso ya sería otro tema a discutir. De momento, eso sí, no tenemos más solución que “apechugar” y en breve ya estaremos sentados frente el examen de Selectividad.

L

a selectividad, ¿un buen sistema?

Por Sílvia Tiñena

 

           Recientemente se ha hablado mucho de la polémica que suscitan las pruebas de acceso a la universidad, también conocidas como selectividad. Ésta consiste en una serie de exámenes, tanto de materias comunes como de modalidad (del bachillerato cursado) que se realizan durante tres días consecutivos en toda España. ¿El objetivo? Tener una calificación imparcial, justa, neutral, que, junto con la de bachillerato, hará media para determinar la nota de entrada a la universidad. La selectividad, como cualquier otro asunto, tiene sus partes positivas y sus negativas. La dificultad reside en saber cuál de las dos gana. El balance es positivo.

             La selectividad, al ser una prueba igual para todos y corregida por profesores completamente desconocidos, no puede favorecer a nadie. De todos es bien sabido que hay institutos e institutos; en algunos el nivel es más alto, en otros se hinchan las notas, en unos se ofrecen mejor preparación para las pruebas que en otros… Cada institución académica es un mundo que se rige por sus propias normas y que lucha por captar más alumnos que el otro. ¿Y qué más da si para conseguirlo baja el nivel de bachillerato y/o pone mejores notas que las que corresponderían? Evidentemente esto no se puede controlar, así que se crearon las PAU (Pruebas de Acceso a la Universidad) para, dentro de lo posible, equiparar los niveles de todos los centros de la forma ya comentada.

             Así que los estudiantes de bachillerato, una vez cumplida la etapa –nada fácil– se tienen que enfrentar a más exámenes, todos concentrados, en grandes salas llenas de cientos de alumnos igual de nerviosos que ellos. Durante tres días tienen que demostrar todo lo que han aprendido en dos años. Sólo escribiendo, eso sí; ¡no añadiéramos más nervios al tema habiéndose de enfrentar a un tribunal y exponiendo un tema oralmente! Al cabo de una semana salen publicadas las notas; ahora ya se puede hacer la inscripción en cualquier universidad. Sí, cualquiera. Las PAU de un filólogo y las de un matemático sólo se diferencian en tres de las siete asignaturas a examinarse. ¿Es justo?

             Mucha gente se pregunta por qué tiene que examinarse de materias nada relacionadas con la carrera que va a estudiar dentro de tres meses (para alguien que vaya a cultivar conocimiento técnico no le servirá de mucho la profundidad lingüística a la cual ha llegado), pero ¿qué hay de la gente que duda entre ciencias sociales o puras, por ejemplo? A los (casi) dieciocho años es muy difícil elegir la carrera que regirá el futuro, y muy fácil equivocarse. Si este fuese el caso, es posible matricularse al año siguiente en otra carrera –a lo mejor nada parecida a la anterior– gracias a la intemporalidad de la selectividad (no “caduca”).

             Es muy sencillo criticar la selectividad (sobre todo cuando se tendrá que sufrir en breve), pero es complicado encontrar alternativas válidas. Algunos sugieren hacer un bachillerato más especializado, con lo cual se tendría que definir el futuro profesional dos años antes, con el consecuente aumento del peligro a equivocarse. Otros opinan que sería una buena idea que fuesen las universidades las que eligieran a los estudiantes, pero entonces habría una gradación entre los centros (unos mejores que otros, con más prestigio… como ahora, pero se notaría aún más). También hay quien cree que lo mejor sería dar un nivel básico en todas las áreas, a nivel práctico y no tan teórico. En este caso, estudiar bachillerato sería más o menos equivalente a un módulo.

             Todo esto es solamente una pincelada sobre un gran tema que preocupa mayoritariamente a los estudiantes de segundo curso de bachillerato. Muchas propuestas, muchos contratiempos, muchas inquietudes, mucho miedo a no entrar en la carrera deseada, a fallar… Pero mientras no se encuentre y se apruebe un sistema mejor que el actual para decidir cómo solucionar la ley de la mayor demanda que oferta, la selectividad seguirá siendo un (justo) sistema de selección.

 

 

 

 

 

 

La selectividad

 

Por Jordi Sánchez

 La selectividad, concebida en 1974 como un proceso que filtrara la creciente demanda de estudios universitarios, es una de las preocupaciones más grandes de los jóvenes estudiantes.

 El examen de selectividad es una buena manera de aplicar una medida común a todos los alumnos para exigir una enseñanza del mismo nivel a todos los centros, además no está mal como preparación a la universidad.

Esta prueba es la forma más justa que hay para que todos tengamos las mismas oportunidades para entrar a una carrera. La única forma de poder eliminar la selectividad sería poder dar los mismos temarios y que se siguieran los mismos patrones para evaluar un examen en todos los institutos y colegios.

Como esto es imposible, pienso que es totalmente justo realizar esta prueba para equiparar a todos los alumnos, ya que es conocido que en algunos colegios el nivel es mucho más bajo que en otros y que en muchos se inflan las notas con tal de que los alumnos tengan ventaja sobre otros o simplemente para conseguir más alumnos y con ello más dinero

 En resumen, la selectividad hace que los criterios de clasificación de los alumnos sean más fáciles y más justos, es decir, con esta prueba se organiza a los estudiantes porque si todo el mundo pudiera ir a la universidad sin más, la gente se esforzaría menos y la evolución de la humanidad evolucionaría a pasos más pequeños.

         ¡POBRES ADOLESCENTES AL BORDE DEL TRAUMA!

 

Por Ariadna Cobos

Me gustaría hacerme eco del tratamiento que, siempre por estas fechas, se le da a la Selectividad: ¡pobres adolescentes al borde del trauma por jugárselo todo a una sola carta, su futuro…! y otros comentarios por el estilo.

 Es cierto que se necesita un sistema de selección o hasta de clasificación de los alumnos debido a la diferencia entre la oferta y la demanda de muchas de las carreras universitarias. Así pues, como si de la teoría de Darwin se tratara, sólo los mejores, los que se adaptan al medio sobreviven, en otras palabras, sólo los mejores alumnos, los que han demostrado haber adquirido todos los conocimientos mínimos pueden entrar en aquellas carreras que deseen. ¿Cómo escoger los mejores y ser objetivos evitando las hinchazones de notas, por ejemplo? Mediante un proceso de selección, un examen, la selectividad. 

 

No es verdad que los estudiantes arriesguen su futuro en tres o cuatro días que duran las PAU. Es cierto que los nervios nos pueden jugar una mala pasada o que estos tres días, por razones “x”, no sean especialmente buenos pero, en cualquier caso, los estudiantes se habrán estado jugando su futuro durante los dos años del bachillerato, es más, habrán estado apostando también durante los 10 años previos de escolarización a esa etapa, en que habrán asentado, o deberían haberlo hecho, las bases adecuadas.

Además, durante toda la enseñanza, sobre todo la post obligatoria, se les prepara para afrontar situaciones de este tipo, una especie de simulacros, como son por ejemplo, los exámenes trimestrales, para que cuando llegue el momento de la verdad no les coja desprevenidos.

 De cualquier modo, mi postura es clara, yo voto por un sí al examen de acceso a la Universidad, que no significa que me guste el modelo de examen o que no esté de acuerdo en hacer los cambios que se crean pertinentes, es más, hasta hacer una reforma del plan de estudios si es necesario.

Sin duda alguna hay que encontrar una solución a los resultados obtenidos en las estadísticas de los últimos años cuyos datos señalan dos claros perdedores en dicha prueba.

Por un lado, las matemáticas, suspendidas por el 45% de los jóvenes que se examinaron en la modalidad de letras, y el 41% de los que lo hicieron en la opción de ciencias.

Según Tomás Recio, catedrático de Álgebra de la Universidad de Cantabria, presidente del Consejo Escolar de esta comunidad y responsable de la comisión de educación de la Real Sociedad Española de Matemáticas deberían adaptarse los propios exámenes de selectividad puesto que, la mayoría de las preguntas de la prueba de matemáticas, en este caso, no tratan sobre los contenidos fundamentales de la materia, sino que “sirven sólo para aprobar la selectividad” debido a la densidad del temario que hay que realizar y el poco tiempo disponible. A todo esto, Lorenzo Blanco añade que la mayoría de los conocimientos que aprenden los bachilleres en esta materia no los van a usar en la carrera.

Y por otro lado, el inglés, una asignatura suspendida por más de un 40% de los estudiantes, sin embargo, imprescindible para obtener muchas de las titulaciones o licenciaturas.

 En definitiva, con este tipo de artículos, reportajes, noticias y páginas y páginas de periódicos no hacemos más que engordar el problema: compadecer a unos jóvenes por lo general malcriados, excesivamente sobreprotegidos y a los que cualquier esfuerzo que se les pida por mínimo que sea, les parece un reto o, en caso contrario, un autentico trauma.

No es para tanto; y lo peor es que entre todos estamos maleducando unas generaciones “de azúcar”, endebles, de plexiglás.

 

¿Tenemos un problema?

Por Rafa Liñán

Selectividad sólo es un proceso de selección más sumado a todos los que llevamos sometidos desde el día en que nacimos. Parece que todo se basa en un “ranking” que cuanto más alto nos encontramos más posibilidades tenemos de salir adelante y progresar. El problema se encuentra en cómo ordenar esa lista.

             Una vez finalizado el bachillerato, con la selectividad se perfila la nota para crear ese “ranking” que nos permite entrar en las diferentes facultades. En el examen de selectividad tienes que demostrar la mayoría de conocimientos adquiridos en el bachillerato, donde encontramos asignaturas comunes  (catalán, castellano, inglés, filosofía, historia…) y otras más específicas (matemáticas, física, dibujo técnico…), pero utilizando este método, parece un tanto extraño que en este examen aquel que quiera dedicarse a las filologías esté tratando las lenguas de la misma manera que uno que piensa ser informático.

  En todo caso, no hay que negar que es esencial adquirir unos conocimientos básicos y generales sobre el uso de la lengua, pero no de manera tan detallada y tan poco productiva como se está tratando hasta ahora. La persona que sale de bachillerato, haga lo que haga, lo que necesita es saber redactar e interpretar un texto, saber exponer oralmente de forma correcta, adquirir unos conocimientos sobre la historia y la situación de su lengua… Además, en la actualidad hay mucho intercambio de información y las nuevas tecnologías están presentes en nuestros días, por eso es importante tener un nivel alto de más de una lengua y con nuestro sistema educativo actual adquirir un buen nivel de inglés, la lengua más hablada en el mundo, sólo es posible en academias privadas y no en la escuela ni el instituto.

 La verdad es que estamos muy retrasados, mientras que las TIC (Tecnologías de la Información y la Comunicación) se van incorporando a nuestras casas, dedicamos cuatro horas a la semana a la historia de España, mientras que para estas Tecnologías no se imparte ninguna hora. Y aquí es cuando se comienza a pensar en esas dos palabras que lo solucionan todo “culturilla general”. Sí, “culturilla” pero me gustaría que se hicieran unos estudios sobre cuánta gente a los pocos años, sin ir muy lejos, olvida todo lo que se le enseñó sobre la historia de España mientras se ven desesperados peleándose con el ordenador. ¿No será mucho más útil aprender a manejar estas nuevas tecnologías?

             Por eso, este proceso de selección llamado selectividad no es más que otro fallo en el sistema educativo, consecuencia del bachillerato, en el que se valora una “culturilla general” que de poco les servirá a aquellos que se especialicen en un campo ya que se les irá olvidando, de ahí su poca utilidad. Por ese motivo, lo que hay que plantearse es un cambio en el sistema educacional basado en la época que nos rodea, con sus innovaciones y las nuevas relaciones, creando una sociedad plurilingüe e internacional, que poco tiene que ver con el sistema actual: antiguo, nada innovador y retrasado respecto a otros países.

 ¿Y tú quieres hacer selectividad?

Por Jennifer Luque

 Todos los estudiantes se rigen por el lema “aprobar sin estudiar”. Por eso, cuando se les pregunta si quieren hacer selectividad, la respuesta que dan es clara y contundente: no. Pero quizá antes de contestar a esta cuestión hay que reflexionar sobre este tema. Si no quieren selectividad, ¿qué nuevo método usar para hacer frente a la demanda universitaria que hay hoy en día?

             Ante esta pregunta, algunos ya dudan de su respuesta. Quizá se han precipitado al contestar. Otros hacen algunas propuestas: tener en cuenta sólo las notas de bachillerato, hacer exámenes especializados y no hacer uno general como lo es selectividad, etc. Pero hay algunas razones por las cuales estas propuestas no son buenas.

             Para empezar, cualquier persona sabe que no todos los institutos son “duros” con sus alumnos. Algunos institutos “regalan” las notas mediante exámenes que se pueden considerar fáciles. En cambio, en otros, los alumnos han de trabajar mucho para obtener buenos resultados académicos. Sin selectividad, y sólo teniendo en cuenta las notas de bachillerato, el sistema de acceso a la universidad a partir de una nota de corte sería del todo injusto, ¿cómo puede ser que una persona que apenas ha hecho nada para obtener buenos resultados acceda antes que otra que ha estado trabajando el doble o el triple que ella? Una solución es selectividad ya que es el mismo examen para todos los estudiantes sean del instituto que sean y sin favoritismos.

             También hay que tener en cuenta a los que viven dudando toda su vida o aquellos que dejan las decisiones importantes para el último momento. Éstos agradecen que selectividad sea competencial porque si fuera especializada ¿qué examen harían: uno relacionado con las ciencias, con las letras o con las tecnologías? Por eso, selectividad ofrece a estos indecisos un pequeño espacio de tiempo para que puedan acabar de decidirse. Además, también les proporciona un margen de equivocación si acaban decidiendo hacer otra carrera diferente a la que tenían pensada.

             Quizá, selectividad no es lo más correcto para “igualar” las notas de bachillerato. Pero entonces hay que buscar un nuevo método para encontrar una nota que seleccione a los alumnos para que entren en las universidades de forma justa. En mi opinión, para poder conseguir esto hay que hacer una reestructuración del sistema educativo, pero ¿cómo? Esto es una materia pendiente que se debería resolver.    

 

 

 

El examen de selectividad (PAU)

Por Nina Mora

            A mediados de mayo muchos estudiantes empiezan a estar nerviosos por el examen que parece decidir su futuro: Si no sacan la nota requerida, se les cerrará la puerta a los estudios deseados. Pero, ¿hace falta un examen para decidir quién podrá estudiar una carrera y quién no?

             Las PAU representan un proceso de selección de estudiantes: Se decide cuáles podrán matricularse, ya que hay mucha demanda de plazas y muchas veces, poca oferta. Es decir, las PAU son necesarias para solucionar la diferencia entre la oferta y la demanda. Además, la evaluación de bachillerato puede ser parcial según los institutos y su nivel. Creo que el examen es necesario para conseguir una evaluación igual para todos, imparcial.

 

            Hay quien dice que se lo juega todo en un examen para conseguir la nota que se pide para acceder a la universidad. En realidad, la nota de bachillerato también cuenta, y más que la del examen (un 60%, así pues la nota de la Selectividad cuenta un 40%). Asimismo, quien ha trabajado todo el curso tiene los conocimientos bien consolidados y es habitualmente capaz de pasar el examen.

             Otro debate que hay abierto en motivo de dichas pruebas es si los alumnos de los bachilleratos científico-técnicos deberían examinarse de las asignaturas (hoy en día obligatorias y que cursamos todos los bachilleratos indistintamente) de lengua, filosofía o historia, más relacionadas con el bachillerato humanístico y social.

             En cuanto a la lengua, ésta es necesaria para hacer exposiciones orales (ya que si usted es un científico le interesará que los asistentes en sus congresos o actos semejantes le comprendan) y para ello hace falta que conozca bien los recursos lingüísticos y el uso de la lengua. En cuanto a la lengua extranjera, muchas veces se relacionará con gente de otras partes del mundo que no entenderá su lengua. En este caso, está bien conocer diferentes lenguas para comunicarse con fluidez. Supongamos que no triunfa como científico internacional, ni hace conferencias, ni etc. Entonces, trabajará, por ejemplo, en una empresa y, para su buen funcionamiento, necesitará saber escribir adecuadamente un informe sobre el nuevo producto que se quiere fabricar y deberá dominar el lenguaje oral para exponer sus cualidades delante de los otros integrantes de la empresa. Pues, entonces, ¿para qué tanta teoría, tanta sintaxis si no sirve para nada? El error está en que la teoría tiene una aplicación práctica, esto es, la sintaxis sirve para saber estructurar las oraciones, la tipología textual se usa para aprender a redactar un texto, la fonética para pronunciar bien, etc. Toda teoría tiene una aplicación práctica. Las exposiciones orales, sin embargo, se trabajan poco en clase durante el segundo de bachillerato (o no se trabajan) y el examen de lengua extranjera no tiene una parte de expresión oral. Sería adecuado que esto cambiase ya que es necesario saber expresarse oralmente, tanto en la propia lengua como en una lengua extranjera.

             En cuanto a la asignatura de historia, esta se centra en la historia de España, necesaria para entender la situación social y política actual. Lo mismo pasa con la filosofía, que sirve para entender las ideologías y el planteamiento de la sociedad de hoy en día y para plantearte la vida (¿qué es mi vida? ¿qué haré con ella? ¿decido hacer esto o lo otro? ¿por qué? ¿y, cuando muera, qué pasará? …). Se trata de Historia de la Filosofía. Todas dos son asignaturas que nos aportan una cultura general, útil para la comprensión de la actualidad. Y, ¿para qué nos sirve comprender la actualidad? Pues para saber qué papel tenemos en ella, es decir, para saber vivir en ella. También debemos tener en cuenta que nos examinamos de estas asignaturas porque si queremos acceder a una carrera es necesario tener un nivel de cultura elevado.

             Por otro lado, se ha planteado si sería mejor que las universidades elaboraran sus criterios de selección o entrevistas personales. Después de observar diferentes factores, he llegado a la conclusión de que es mejor que el examen sea igual para todos independientemente de la universidad a la que se quiera acceder. Si las universidades tuvieran su propio método de selección, seguramente correríamos el peligro de que ciertas universidades escogieran un tipo de estudiantes por criterios no relacionados con su capacidad o con el nivel de estudios (me refiero a aspecto, clase social, ideología, estilo de vestir, etc.). En cambio, con un examen igual para todos, se consigue la igualdad de oportunidades y una variedad entre los alumnos que se matricularán en una universidad.

            Así pues, los exámenes de acceso a la universidad garantizan la igualdad de oportunidades y que los alumnos dominen una serie de conocimientos, sin hacer diferencias en lo que se refiere a institutos de bachillerato.

 

SELECTIIVIDAD

Por Marta Mora

 

Dicen los entendidos que si hoy en día vamos en coche y logramos calentar un vaso de agua mediante unas ondas de baja frecuencia es porque hemos evolucionado. ¿Y qué es la evolución sino un proceso de selección?

 

En la naturaleza la evolución se presenta de la siguiente manera: sólo sobreviven aquellos animales que están mejor adaptados al entorno. Este no es un problema que nos deba preocupar ya que hoy en día todo el mundo logra vivir. El conflicto recae en la manera en que lo podemos hacer: malvivir como miserables o con todo lujo de posesiones?  Es aquí donde entra nuestro sistema de selección. Teóricamente aquellos que cursen sus estudios en una universidad optarán a un mejor empleo y por lo tanto a una mejor vida. Es por esto por lo que necesitamos un sistema de selección. Y el juez neutro para discernir la crème de la crème es la selectividad. 

 Está claro que viendo la elevada demanda de plazas en las múltiples carreras universitarias y la poca oferta es necesario un proceso de selección. Ahora bien, debo admitir que no encuentro correcta su estructura.

 Podríamos empezar hablando del temario de esta prueba. Sabemos que la selectividad es un examen en el que se deben poner en práctica todos los conocimientos aprendidos a lo largo del bachillerato para poder acceder a la universidad. Pero, ¿esta prueba debe ser competencial, es decir, de “culturilla” general, o más especializada según la carrera que uno quiera escoger?

 Este problema, en realidad, viene de la organización de los estudios anteriores, es decir, el bachillerato. Éste está esencialmente dividido en dos ramas, letras y ciencias, pero es una incongruencia ver que los estudiantes de ciencias y tecnología hagan más asignaturas de ámbito humanitario y social. Supongo que si el sistema permite esta clase de organización, es lógico que el estado cree una prueba como la selectividad.

 Actualmente, éste es uno de los mayores problemas, ya que la selectividad en sí, es una prueba igualitaria y transparente puesto que son las mismas pruebas en todas las universidades de Cataluña, pero su punto débil es la falta de especialización según los estudios a cursar.

Por todo ello, creo conveniente que cada carrera universitaria tenga una prueba específica, en la cual, además de los conocimientos puramente educativos, se evalúen también las capacidades y aptitudes necesarias para la carrera en concreto.

 Llegado a este punto, sólo quiero añadir que, aunque se intente establecer un sistema de igualdad, muchas universidades siguen seleccionando sus alumnos. Y aunque quizá algún día se creen unas pruebas más especializadas, los criterios de admisión deberían de ser claros e igualitarios y acordes con la naturaleza de la titulación que se quiera realizar.

 

La Selectividad

 Por Olga Sanmartín

 Si hay una cosa que todo el mundo conoce del capitalismo es la ley de la oferta y la demanda. Así pues, no es de extrañar que si en una universidad hay más gente que quiere cursar una carrera que el número de plazas disponible, se tenga que hacer un proceso de selección.

 Para entrar en la carrera deseada es preciso superar la nota de corte. La puntuación total se hace mediante el 60% de la nota sacada en el bachillerato y el 40% de la de los exámenes llamados vulgarmente selectividad. De hecho en éstos solo se están poniendo a prueba los conocimientos ya adquiridos en el bachillerato; esto nos lleva a cuestionar si realmente es necesaria. Es duro que el futuro profesional de miles de estudiantes dependa en gran parte de una sola prueba cuando se ha trabajado durante todo el curso y se han adquirido los conocimientos requeridos, ya que un mal examen lo puede tener cualquiera. No obstante cada instituto es un mundo, y aunque no debería ser así, se exigen distintos niveles, por ejemplo, los exámenes de latín de un instituto pueden ser más fáciles que en otro, por lo tanto los estudiantes del primero tendrían más oportunidades de sacar buena nota en la asignatura que los del segundo. También existen institutos que para “ayudar” a sus alumnos a entrar en la carrera deseada suben sus notas, en mayor o menor grado. Por lo tanto no seria justo que la entrada a una universidad u otra dependiera solamente de la nota sacada en el bachillerato.

 Otro tema es si la selectividad exige el nivel necesario y si las asignaturas son las adecuadas. Lo ideal sería hacer una prueba específica y única para cada carrera que contenga los conocimientos necesarios solo y exclusivamente para ésta. Según las plazas vacantes y las personas que quieran acceder a estos estudios se elaboraría una nota de corte. Los contenidos de este examen serían escogidos por un comité de profesores y profesoras cualificados de todas las universidades del país y el nivel regulado por el gobierno. Así se evitaría una distinción de universidades de primera o segunda clase. Es cierto que si se suspendiera el examen para entrar en la carrera deseada o no se llegara a la nota de corte, se perdería un año de estudio, las posibilidades de aprobar el año siguiente serían menores (es más fácil superar un examen cuando se tiene los conocimientos recientes). Por eso cada estudiante tendría derecho a inscribirse a todas las pruebas y las marcaría por orden de preferencia. Tendrían dos intentos para cada carrera. Las notas sacadas en los exámenes se archivarían, al igual que la selectividad, para un posible cambio de carrera o incorporación posterior.

 Para que esto pueda llevarse a cabo se tendría que modificar el modelo de bachillerato, especializándolo y bajando el nivel de las asignaturas que solo aportan conocimientos culturales. Es cierto que cuantos más conocimientos se tengan más valido se es en el momento de encontrar trabajo, pero los conocimientos adquiridos la mayoría de veces no tienen una utilidad práctica o no lo suficiente, se debería dar más importancia a la retórica, la expresión oral y escrita… Está muy bien que enseñen sintaxis, pero no sirve de nada si no se sabe aplicar. En pocos bachilleratos hacen prácticas en alguna empresa para así tener su primera experiencia laboral (dicen que es la más difícil de conseguir), no se enseña a contestar adecuadamente un test psicotécnico, ni a trabajar en equipo, ni a mantener la calma en momentos de mucho estrés, ni a hablar en público. ¿Cuánta gente necesitará en algún momento de su vida entender la poesía de Blas de Otero? Pero, en cambio, no se enseña a escribir un e-mail formal, ni tan solo a escribir un simple e-mail. Los libros de lectura obligatoria en teoría son para que los alumnos se aficionen al buen hábito de leer, entonces me pregunto la necesidad de poner autores tan complicados como Miguel de Unamuno, u obras que generan interés entre un pequeño sector de la población como “La Plaça del Diamant” de Mercè Rodoreda, como si no hubiera otras lecturas más interesantes para un público joven.

 En definitiva el modelo actual de enseñanza post-obligatoria no es el adecuado para las necesidades sociales. Es por eso que insisto en una reforma del bachillerato y de las pruebas de acceso a la universidad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Por Sílvia Tiñena

 

           Recientemente se ha hablado mucho de la polémica que suscitan las pruebas de acceso a la universidad, también conocidas como selectividad. Ésta consiste en una serie de exámenes, tanto de materias comunes como de modalidad (del bachillerato cursado) que se realizan durante tres días consecutivos en toda España. ¿El objetivo? Tener una calificación imparcial, justa, neutral, que, junto con la de bachillerato, hará media para determinar la nota de entrada a la universidad. La selectividad, como cualquier otro asunto, tiene sus partes positivas y sus negativas. La dificultad reside en saber cuál de las dos gana. El balance es positivo.

             La selectividad, al ser una prueba igual para todos y corregida por profesores completamente desconocidos, no puede favorecer a nadie. De todos es bien sabido que hay institutos e institutos; en algunos el nivel es más alto, en otros se hinchan las notas, en unos se ofrecen mejor preparación para las pruebas que en otros… Cada institución académica es un mundo que se rige por sus propias normas y que lucha por captar más alumnos que el otro. ¿Y qué más da si para conseguirlo baja el nivel de bachillerato y/o pone mejores notas que las que corresponderían? Evidentemente esto no se puede controlar, así que se crearon las PAU (Pruebas de Acceso a la Universidad) para, dentro de lo posible, equiparar los niveles de todos los centros de la forma ya comentada.

             Así que los estudiantes de bachillerato, una vez cumplida la etapa –nada fácil– se tienen que enfrentar a más exámenes, todos concentrados, en grandes salas llenas de cientos de alumnos igual de nerviosos que ellos. Durante tres días tienen que demostrar todo lo que han aprendido en dos años. Sólo escribiendo, eso sí; ¡no añadiéramos más nervios al tema habiéndose de enfrentar a un tribunal y exponiendo un tema oralmente! Al cabo de una semana salen publicadas las notas; ahora ya se puede hacer la inscripción en cualquier universidad. Sí, cualquiera. Las PAU de un filólogo y las de un matemático sólo se diferencian en tres de las siete asignaturas a examinarse. ¿Es justo?

             Mucha gente se pregunta por qué tiene que examinarse de materias nada relacionadas con la carrera que va a estudiar dentro de tres meses (para alguien que vaya a cultivar conocimiento técnico no le servirá de mucho la profundidad lingüística a la cual ha llegado), pero ¿qué hay de la gente que duda entre ciencias sociales o puras, por ejemplo? A los (casi) dieciocho años es muy difícil elegir la carrera que regirá el futuro, y muy fácil equivocarse. Si este fuese el caso, es posible matricularse al año siguiente en otra carrera –a lo mejor nada parecida a la anterior– gracias a la intemporalidad de la selectividad (no “caduca”).

             Es muy sencillo criticar la selectividad (sobre todo cuando se tendrá que sufrir en breve), pero es complicado encontrar alternativas válidas. Algunos sugieren hacer un bachillerato más especializado, con lo cual se tendría que definir el futuro profesional dos años antes, con el consecuente aumento del peligro a equivocarse. Otros opinan que sería una buena idea que fuesen las universidades las que eligieran a los estudiantes, pero entonces habría una gradación entre los centros (unos mejores que otros, con más prestigio… como ahora, pero se notaría aún más). También hay quien cree que lo mejor sería dar un nivel básico en todas las áreas, a nivel práctico y no tan teórico. En este caso, estudiar bachillerato sería más o menos equivalente a un módulo.

             Todo esto es solamente una pincelada sobre un gran tema que preocupa mayoritariamente a los estudiantes de segundo curso de bachillerato. Muchas propuestas, muchos contratiempos, muchas inquietudes, mucho miedo a no entrar en la carrera deseada, a fallar… Pero mientras no se encuentre y se apruebe un sistema mejor que el actual para decidir cómo solucionar la ley de la mayor demanda que oferta, la selectividad seguirá siendo un (justo) sistema de selección.

 

 

 

 

 

 

La selectividad

 

Por Jordi Sánchez

 La selectividad, concebida en 1974 como un proceso que filtrara la creciente demanda de estudios universitarios, es una de las preocupaciones más grandes de los jóvenes estudiantes.

 El examen de selectividad es una buena manera de aplicar una medida común a todos los alumnos para exigir una enseñanza del mismo nivel a todos los centros, además no está mal como preparación a la universidad.

Esta prueba es la forma más justa que hay para que todos tengamos las mismas oportunidades para entrar a una carrera. La única forma de poder eliminar la selectividad sería poder dar los mismos temarios y que se siguieran los mismos patrones para evaluar un examen en todos los institutos y colegios.

Como esto es imposible, pienso que es totalmente justo realizar esta prueba para equiparar a todos los alumnos, ya que es conocido que en algunos colegios el nivel es mucho más bajo que en otros y que en muchos se inflan las notas con tal de que los alumnos tengan ventaja sobre otros o simplemente para conseguir más alumnos y con ello más dinero

 En resumen, la selectividad hace que los criterios de clasificación de los alumnos sean más fáciles y más justos, es decir, con esta prueba se organiza a los estudiantes porque si todo el mundo pudiera ir a la universidad sin más, la gente se esforzaría menos y la evolución de la humanidad evolucionaría a pasos más pequeños.

         ¡POBRES ADOLESCENTES AL BORDE DEL TRAUMA!

 

Por Ariadna Cobos

Me gustaría hacerme eco del tratamiento que, siempre por estas fechas, se le da a la Selectividad: ¡pobres adolescentes al borde del trauma por jugárselo todo a una sola carta, su futuro…! y otros comentarios por el estilo.

 Es cierto que se necesita un sistema de selección o hasta de clasificación de los alumnos debido a la diferencia entre la oferta y la demanda de muchas de las carreras universitarias. Así pues, como si de la teoría de Darwin se tratara, sólo los mejores, los que se adaptan al medio sobreviven, en otras palabras, sólo los mejores alumnos, los que han demostrado haber adquirido todos los conocimientos mínimos pueden entrar en aquellas carreras que deseen. ¿Cómo escoger los mejores y ser objetivos evitando las hinchazones de notas, por ejemplo? Mediante un proceso de selección, un examen, la selectividad. 

 

No es verdad que los estudiantes arriesguen su futuro en tres o cuatro días que duran las PAU. Es cierto que los nervios nos pueden jugar una mala pasada o que estos tres días, por razones “x”, no sean especialmente buenos pero, en cualquier caso, los estudiantes se habrán estado jugando su futuro durante los dos años del bachillerato, es más, habrán estado apostando también durante los 10 años previos de escolarización a esa etapa, en que habrán asentado, o deberían haberlo hecho, las bases adecuadas.

Además, durante toda la enseñanza, sobre todo la post obligatoria, se les prepara para afrontar situaciones de este tipo, una especie de simulacros, como son por ejemplo, los exámenes trimestrales, para que cuando llegue el momento de la verdad no les coja desprevenidos.

 De cualquier modo, mi postura es clara, yo voto por un sí al examen de acceso a la Universidad, que no significa que me guste el modelo de examen o que no esté de acuerdo en hacer los cambios que se crean pertinentes, es más, hasta hacer una reforma del plan de estudios si es necesario.

Sin duda alguna hay que encontrar una solución a los resultados obtenidos en las estadísticas de los últimos años cuyos datos señalan dos claros perdedores en dicha prueba.

Por un lado, las matemáticas, suspendidas por el 45% de los jóvenes que se examinaron en la modalidad de letras, y el 41% de los que lo hicieron en la opción de ciencias.

Según Tomás Recio, catedrático de Álgebra de la Universidad de Cantabria, presidente del Consejo Escolar de esta comunidad y responsable de la comisión de educación de la Real Sociedad Española de Matemáticas deberían adaptarse los propios exámenes de selectividad puesto que, la mayoría de las preguntas de la prueba de matemáticas, en este caso, no tratan sobre los contenidos fundamentales de la materia, sino que “sirven sólo para aprobar la selectividad” debido a la densidad del temario que hay que realizar y el poco tiempo disponible. A todo esto, Lorenzo Blanco añade que la mayoría de los conocimientos que aprenden los bachilleres en esta materia no los van a usar en la carrera.

Y por otro lado, el inglés, una asignatura suspendida por más de un 40% de los estudiantes, sin embargo, imprescindible para obtener muchas de las titulaciones o licenciaturas.

 En definitiva, con este tipo de artículos, reportajes, noticias y páginas y páginas de periódicos no hacemos más que engordar el problema: compadecer a unos jóvenes por lo general malcriados, excesivamente sobreprotegidos y a los que cualquier esfuerzo que se les pida por mínimo que sea, les parece un reto o, en caso contrario, un autentico trauma.

No es para tanto; y lo peor es que entre todos estamos maleducando unas generaciones “de azúcar”, endebles, de plexiglás.

 

¿Tenemos un problema?

Por Rafa Liñán

Selectividad sólo es un proceso de selección más sumado a todos los que llevamos sometidos desde el día en que nacimos. Parece que todo se basa en un “ranking” que cuanto más alto nos encontramos más posibilidades tenemos de salir adelante y progresar. El problema se encuentra en cómo ordenar esa lista.

             Una vez finalizado el bachillerato, con la selectividad se perfila la nota para crear ese “ranking” que nos permite entrar en las diferentes facultades. En el examen de selectividad tienes que demostrar la mayoría de conocimientos adquiridos en el bachillerato, donde encontramos asignaturas comunes  (catalán, castellano, inglés, filosofía, historia…) y otras más específicas (matemáticas, física, dibujo técnico…), pero utilizando este método, parece un tanto extraño que en este examen aquel que quiera dedicarse a las filologías esté tratando las lenguas de la misma manera que uno que piensa ser informático.

  En todo caso, no hay que negar que es esencial adquirir unos conocimientos básicos y generales sobre el uso de la lengua, pero no de manera tan detallada y tan poco productiva como se está tratando hasta ahora. La persona que sale de bachillerato, haga lo que haga, lo que necesita es saber redactar e interpretar un texto, saber exponer oralmente de forma correcta, adquirir unos conocimientos sobre la historia y la situación de su lengua… Además, en la actualidad hay mucho intercambio de información y las nuevas tecnologías están presentes en nuestros días, por eso es importante tener un nivel alto de más de una lengua y con nuestro sistema educativo actual adquirir un buen nivel de inglés, la lengua más hablada en el mundo, sólo es posible en academias privadas y no en la escuela ni el instituto.

 La verdad es que estamos muy retrasados, mientras que las TIC (Tecnologías de la Información y la Comunicación) se van incorporando a nuestras casas, dedicamos cuatro horas a la semana a la historia de España, mientras que para estas Tecnologías no se imparte ninguna hora. Y aquí es cuando se comienza a pensar en esas dos palabras que lo solucionan todo “culturilla general”. Sí, “culturilla” pero me gustaría que se hicieran unos estudios sobre cuánta gente a los pocos años, sin ir muy lejos, olvida todo lo que se le enseñó sobre la historia de España mientras se ven desesperados peleándose con el ordenador. ¿No será mucho más útil aprender a manejar estas nuevas tecnologías?

             Por eso, este proceso de selección llamado selectividad no es más que otro fallo en el sistema educativo, consecuencia del bachillerato, en el que se valora una “culturilla general” que de poco les servirá a aquellos que se especialicen en un campo ya que se les irá olvidando, de ahí su poca utilidad. Por ese motivo, lo que hay que plantearse es un cambio en el sistema educacional basado en la época que nos rodea, con sus innovaciones y las nuevas relaciones, creando una sociedad plurilingüe e internacional, que poco tiene que ver con el sistema actual: antiguo, nada innovador y retrasado respecto a otros países.

 ¿Y tú quieres hacer selectividad?

Por Jennifer Luque

 Todos los estudiantes se rigen por el lema “aprobar sin estudiar”. Por eso, cuando se les pregunta si quieren hacer selectividad, la respuesta que dan es clara y contundente: no. Pero quizá antes de contestar a esta cuestión hay que reflexionar sobre este tema. Si no quieren selectividad, ¿qué nuevo método usar para hacer frente a la demanda universitaria que hay hoy en día?

             Ante esta pregunta, algunos ya dudan de su respuesta. Quizá se han precipitado al contestar. Otros hacen algunas propuestas: tener en cuenta sólo las notas de bachillerato, hacer exámenes especializados y no hacer uno general como lo es selectividad, etc. Pero hay algunas razones por las cuales estas propuestas no son buenas.

             Para empezar, cualquier persona sabe que no todos los institutos son “duros” con sus alumnos. Algunos institutos “regalan” las notas mediante exámenes que se pueden considerar fáciles. En cambio, en otros, los alumnos han de trabajar mucho para obtener buenos resultados académicos. Sin selectividad, y sólo teniendo en cuenta las notas de bachillerato, el sistema de acceso a la universidad a partir de una nota de corte sería del todo injusto, ¿cómo puede ser que una persona que apenas ha hecho nada para obtener buenos resultados acceda antes que otra que ha estado trabajando el doble o el triple que ella? Una solución es selectividad ya que es el mismo examen para todos los estudiantes sean del instituto que sean y sin favoritismos.

             También hay que tener en cuenta a los que viven dudando toda su vida o aquellos que dejan las decisiones importantes para el último momento. Éstos agradecen que selectividad sea competencial porque si fuera especializada ¿qué examen harían: uno relacionado con las ciencias, con las letras o con las tecnologías? Por eso, selectividad ofrece a estos indecisos un pequeño espacio de tiempo para que puedan acabar de decidirse. Además, también les proporciona un margen de equivocación si acaban decidiendo hacer otra carrera diferente a la que tenían pensada.

             Quizá, selectividad no es lo más correcto para “igualar” las notas de bachillerato. Pero entonces hay que buscar un nuevo método para encontrar una nota que seleccione a los alumnos para que entren en las universidades de forma justa. En mi opinión, para poder conseguir esto hay que hacer una reestructuración del sistema educativo, pero ¿cómo? Esto es una materia pendiente que se debería resolver.    

 

 

 

El examen de selectividad (PAU)

Por Nina Mora

            A mediados de mayo muchos estudiantes empiezan a estar nerviosos por el examen que parece decidir su futuro: Si no sacan la nota requerida, se les cerrará la puerta a los estudios deseados. Pero, ¿hace falta un examen para decidir quién podrá estudiar una carrera y quién no?

             Las PAU representan un proceso de selección de estudiantes: Se decide cuáles podrán matricularse, ya que hay mucha demanda de plazas y muchas veces, poca oferta. Es decir, las PAU son necesarias para solucionar la diferencia entre la oferta y la demanda. Además, la evaluación de bachillerato puede ser parcial según los institutos y su nivel. Creo que el examen es necesario para conseguir una evaluación igual para todos, imparcial.

 

            Hay quien dice que se lo juega todo en un examen para conseguir la nota que se pide para acceder a la universidad. En realidad, la nota de bachillerato también cuenta, y más que la del examen (un 60%, así pues la nota de la Selectividad cuenta un 40%). Asimismo, quien ha trabajado todo el curso tiene los conocimientos bien consolidados y es habitualmente capaz de pasar el examen.

             Otro debate que hay abierto en motivo de dichas pruebas es si los alumnos de los bachilleratos científico-técnicos deberían examinarse de las asignaturas (hoy en día obligatorias y que cursamos todos los bachilleratos indistintamente) de lengua, filosofía o historia, más relacionadas con el bachillerato humanístico y social.

             En cuanto a la lengua, ésta es necesaria para hacer exposiciones orales (ya que si usted es un científico le interesará que los asistentes en sus congresos o actos semejantes le comprendan) y para ello hace falta que conozca bien los recursos lingüísticos y el uso de la lengua. En cuanto a la lengua extranjera, muchas veces se relacionará con gente de otras partes del mundo que no entenderá su lengua. En este caso, está bien conocer diferentes lenguas para comunicarse con fluidez. Supongamos que no triunfa como científico internacional, ni hace conferencias, ni etc. Entonces, trabajará, por ejemplo, en una empresa y, para su buen funcionamiento, necesitará saber escribir adecuadamente un informe sobre el nuevo producto que se quiere fabricar y deberá dominar el lenguaje oral para exponer sus cualidades delante de los otros integrantes de la empresa. Pues, entonces, ¿para qué tanta teoría, tanta sintaxis si no sirve para nada? El error está en que la teoría tiene una aplicación práctica, esto es, la sintaxis sirve para saber estructurar las oraciones, la tipología textual se usa para aprender a redactar un texto, la fonética para pronunciar bien, etc. Toda teoría tiene una aplicación práctica. Las exposiciones orales, sin embargo, se trabajan poco en clase durante el segundo de bachillerato (o no se trabajan) y el examen de lengua extranjera no tiene una parte de expresión oral. Sería adecuado que esto cambiase ya que es necesario saber expresarse oralmente, tanto en la propia lengua como en una lengua extranjera.

             En cuanto a la asignatura de historia, esta se centra en la historia de España, necesaria para entender la situación social y política actual. Lo mismo pasa con la filosofía, que sirve para entender las ideologías y el planteamiento de la sociedad de hoy en día y para plantearte la vida (¿qué es mi vida? ¿qué haré con ella? ¿decido hacer esto o lo otro? ¿por qué? ¿y, cuando muera, qué pasará? …). Se trata de Historia de la Filosofía. Todas dos son asignaturas que nos aportan una cultura general, útil para la comprensión de la actualidad. Y, ¿para qué nos sirve comprender la actualidad? Pues para saber qué papel tenemos en ella, es decir, para saber vivir en ella. También debemos tener en cuenta que nos examinamos de estas asignaturas porque si queremos acceder a una carrera es necesario tener un nivel de cultura elevado.

             Por otro lado, se ha planteado si sería mejor que las universidades elaboraran sus criterios de selección o entrevistas personales. Después de observar diferentes factores, he llegado a la conclusión de que es mejor que el examen sea igual para todos independientemente de la universidad a la que se quiera acceder. Si las universidades tuvieran su propio método de selección, seguramente correríamos el peligro de que ciertas universidades escogieran un tipo de estudiantes por criterios no relacionados con su capacidad o con el nivel de estudios (me refiero a aspecto, clase social, ideología, estilo de vestir, etc.). En cambio, con un examen igual para todos, se consigue la igualdad de oportunidades y una variedad entre los alumnos que se matricularán en una universidad.

            Así pues, los exámenes de acceso a la universidad garantizan la igualdad de oportunidades y que los alumnos dominen una serie de conocimientos, sin hacer diferencias en lo que se refiere a institutos de bachillerato.

 

SELECTIIVIDAD

Por Marta Mora

 

Dicen los entendidos que si hoy en día vamos en coche y logramos calentar un vaso de agua mediante unas ondas de baja frecuencia es porque hemos evolucionado. ¿Y qué es la evolución sino un proceso de selección?

 

En la naturaleza la evolución se presenta de la siguiente manera: sólo sobreviven aquellos animales que están mejor adaptados al entorno. Este no es un problema que nos deba preocupar ya que hoy en día todo el mundo logra vivir. El conflicto recae en la manera en que lo podemos hacer: malvivir como miserables o con todo lujo de posesiones?  Es aquí donde entra nuestro sistema de selección. Teóricamente aquellos que cursen sus estudios en una universidad optarán a un mejor empleo y por lo tanto a una mejor vida. Es por esto por lo que necesitamos un sistema de selección. Y el juez neutro para discernir la crème de la crème es la selectividad. 

 Está claro que viendo la elevada demanda de plazas en las múltiples carreras universitarias y la poca oferta es necesario un proceso de selección. Ahora bien, debo admitir que no encuentro correcta su estructura.

 Podríamos empezar hablando del temario de esta prueba. Sabemos que la selectividad es un examen en el que se deben poner en práctica todos los conocimientos aprendidos a lo largo del bachillerato para poder acceder a la universidad. Pero, ¿esta prueba debe ser competencial, es decir, de “culturilla” general, o más especializada según la carrera que uno quiera escoger?

 Este problema, en realidad, viene de la organización de los estudios anteriores, es decir, el bachillerato. Éste está esencialmente dividido en dos ramas, letras y ciencias, pero es una incongruencia ver que los estudiantes de ciencias y tecnología hagan más asignaturas de ámbito humanitario y social. Supongo que si el sistema permite esta clase de organización, es lógico que el estado cree una prueba como la selectividad.

 Actualmente, éste es uno de los mayores problemas, ya que la selectividad en sí, es una prueba igualitaria y transparente puesto que son las mismas pruebas en todas las universidades de Cataluña, pero su punto débil es la falta de especialización según los estudios a cursar.

Por todo ello, creo conveniente que cada carrera universitaria tenga una prueba específica, en la cual, además de los conocimientos puramente educativos, se evalúen también las capacidades y aptitudes necesarias para la carrera en concreto.

 Llegado a este punto, sólo quiero añadir que, aunque se intente establecer un sistema de igualdad, muchas universidades siguen seleccionando sus alumnos. Y aunque quizá algún día se creen unas pruebas más especializadas, los criterios de admisión deberían de ser claros e igualitarios y acordes con la naturaleza de la titulación que se quiera realizar.

 

La Selectividad

 Por Olga Sanmartín

 Si hay una cosa que todo el mundo conoce del capitalismo es la ley de la oferta y la demanda. Así pues, no es de extrañar que si en una universidad hay más gente que quiere cursar una carrera que el número de plazas disponible, se tenga que hacer un proceso de selección.

 Para entrar en la carrera deseada es preciso superar la nota de corte. La puntuación total se hace mediante el 60% de la nota sacada en el bachillerato y el 40% de la de los exámenes llamados vulgarmente selectividad. De hecho en éstos solo se están poniendo a prueba los conocimientos ya adquiridos en el bachillerato; esto nos lleva a cuestionar si realmente es necesaria. Es duro que el futuro profesional de miles de estudiantes dependa en gran parte de una sola prueba cuando se ha trabajado durante todo el curso y se han adquirido los conocimientos requeridos, ya que un mal examen lo puede tener cualquiera. No obstante cada instituto es un mundo, y aunque no debería ser así, se exigen distintos niveles, por ejemplo, los exámenes de latín de un instituto pueden ser más fáciles que en otro, por lo tanto los estudiantes del primero tendrían más oportunidades de sacar buena nota en la asignatura que los del segundo. También existen institutos que para “ayudar” a sus alumnos a entrar en la carrera deseada suben sus notas, en mayor o menor grado. Por lo tanto no seria justo que la entrada a una universidad u otra dependiera solamente de la nota sacada en el bachillerato.

 Otro tema es si la selectividad exige el nivel necesario y si las asignaturas son las adecuadas. Lo ideal sería hacer una prueba específica y única para cada carrera que contenga los conocimientos necesarios solo y exclusivamente para ésta. Según las plazas vacantes y las personas que quieran acceder a estos estudios se elaboraría una nota de corte. Los contenidos de este examen serían escogidos por un comité de profesores y profesoras cualificados de todas las universidades del país y el nivel regulado por el gobierno. Así se evitaría una distinción de universidades de primera o segunda clase. Es cierto que si se suspendiera el examen para entrar en la carrera deseada o no se llegara a la nota de corte, se perdería un año de estudio, las posibilidades de aprobar el año siguiente serían menores (es más fácil superar un examen cuando se tiene los conocimientos recientes). Por eso cada estudiante tendría derecho a inscribirse a todas las pruebas y las marcaría por orden de preferencia. Tendrían dos intentos para cada carrera. Las notas sacadas en los exámenes se archivarían, al igual que la selectividad, para un posible cambio de carrera o incorporación posterior.

 Para que esto pueda llevarse a cabo se tendría que modificar el modelo de bachillerato, especializándolo y bajando el nivel de las asignaturas que solo aportan conocimientos culturales. Es cierto que cuantos más conocimientos se tengan más valido se es en el momento de encontrar trabajo, pero los conocimientos adquiridos la mayoría de veces no tienen una utilidad práctica o no lo suficiente, se debería dar más importancia a la retórica, la expresión oral y escrita… Está muy bien que enseñen sintaxis, pero no sirve de nada si no se sabe aplicar. En pocos bachilleratos hacen prácticas en alguna empresa para así tener su primera experiencia laboral (dicen que es la más difícil de conseguir), no se enseña a contestar adecuadamente un test psicotécnico, ni a trabajar en equipo, ni a mantener la calma en momentos de mucho estrés, ni a hablar en público. ¿Cuánta gente necesitará en algún momento de su vida entender la poesía de Blas de Otero? Pero, en cambio, no se enseña a escribir un e-mail formal, ni tan solo a escribir un simple e-mail. Los libros de lectura obligatoria en teoría son para que los alumnos se aficionen al buen hábito de leer, entonces me pregunto la necesidad de poner autores tan complicados como Miguel de Unamuno, u obras que generan interés entre un pequeño sector de la población como “La Plaça del Diamant” de Mercè Rodoreda, como si no hubiera otras lecturas más interesantes para un público joven.

 En definitiva el modelo actual de enseñanza post-obligatoria no es el adecuado para las necesidades sociales. Es por eso que insisto en una reforma del bachillerato y de las pruebas de acceso a la universidad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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